Goteamos subiendo a desayunar a cubierta (frío, porque aún no hemos descubierto que lo del gas es cuestión de insistir)... y ahora sí está garreando el barco, lo cual obliga a una maniobra rápida de salida del fondeo. El coste de no vernos desvencijados contra el acantilado es el arrastre del ancla por la posidonia... delictivo pero inevitable.
Tras la visita al atestado puerto de la Sabina (donde comprobamos que nuestras averías son presuntas) navegamos hacia Ibiza, a motor hasta el canal (que habremos de pasar con viento de proa) y a vela, por fin y con buen viento por encima de veinte nudos más allá de éste.
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El primer tramo de la derrota, rumbo norte hacia el canal con las salinas de Formentera a estribor nos cruza con unas cuantos barquitos de esos que cuesta mantener mensualmente más de los ingresos anuales acumulados de toda nuestra tripulación. Con bandera enemiga (inglesa) todos ellos menos el más espectacular: Una goleta azul de unos 50 m con una rojigualda más o menos del tamaño de la de la plaza de Colón... nos preguntamos si sería de algún cortesano, de Abel Matutes... Cuando más tarde, de tiendas en Ibiza, nos encontramos con Ana Botella, la niña y el yerno, no nos acercamos a preguntarles si era suyo.El segundo tramo no fue tal. Pasado el canal teníamos olas de entre 1 y 2 m y viento entre 18 y 24 nudos. Lo justo para dar emoción sin peligro, así que dedicamos 3 horas a probar la ceñida del barco, la templanza de los timoneles, la habilidad en la maniobra de los tripulantes y el valor de los pasajeros. Tras los pánicos iniciales habituales, se navego y se maniobró con soltura... e incluso se pudo inmortalizar la situación.
A las 4:30 decidimos entrar a puerto para comer a la hora que cenan allende los Pirineos.
Llamamos a los dos puertos deportivos nuevos de Ibiza para atracar resultando que estaban llenos, así que tuvimos que abordar el viejo por el tradicional método de aquí-te-pillo-y-aqui-te- mato.
La maniobra no era sencilla por el fuerte viento de través y la gran longitud de los muertos. Atracamos de proa pero tuvimos que cambiar a otra plaza, por haber un bloque de cemento bajo el pantalán que exigía hacerlo de popa y mucho más alejados de éste de lo necesario para poder desembarcar... Además, el marinero nos informó de que estaba ocupado por otro barco (despues de saludarnos diciendo "existe la radio..."). Temo que de hacerlo nos habrían prohibido el acceso.
Con el viento reinante era imposible no topar con el muerto del barco de babor. Preferí no dar el mínimo motor (con lo que la deriva nos llevó a enganchar en ellos la orza) que darlo, lo que quiza hubiera evitado ésto pero quiza hubiera provocado el enganchón en la helice (circunstancia penosa y onerosa) salimos de la trampa estirando del muerto y atracamos en la nueva plaza, ajustando el barco a la perfección gracias a las indicaciones de otro navegante que pasaba por el pantalán, llegado esa noche de Cerdeña con vientos fuerza 7 que justificaban el mar de fondo a levante del canal.
Desembarcamos en Ibiza (Cris intentó quedarse entre el barco y el muelle y lanzar al mar la escalerilla que hurtamos al barco de al lado, pero conseguimos evitarlo, gracias a Pablo, candidato al Zamora por su parada en plancha de la escalerilla que comenzaba a hundirse). Se abría el programa de actividades terrestres: Tiendas, cena y copitas.
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